La verja y el asesino

Si tocaba la verja, color negro pálido, y estaba templada, los caminos parecían avanzar solos hacia adentro. Negros, rugosos y sembrados de partículas brillantes. Lo malo es que no me daba cuenta.

Si había un gato y me observaba quieto. Si se encendían las farolas mientras aspiraba los primeros calores. Si quedaban muchas horas para volver a casa y atardecía y la calle, además, estaba vacía. Si era joven y estaba un poco ebria. Si las verjas avanzaban hacia adentro. Sí, parecía vivir un poco.

Si escapaba una nota de la ventana más alta, en el ángulo más complejo, y proyectaba una luz en la fachada de enfrente. Si el ruido de los motores en la carretera se mezclaba con el rumor de las olas, a la misma distancia. Si estaba en medio, caminando sin prisa, por caminar. Si alguien me recordaba en aquel momento, de la noche anterior. Me introducía las verjas bien adentro.

Si me fumaba un cigarrillo, en mi boca virgen de humo, y su regusto de lejanía me detenía en el presente. Si me asaltaba un recuerdo, nimio y triste, y me brotaba una lágrima y si encima en aquel momento, venía una brisa soplándome desde el oeste y refrescaba su trayecto húmedo, la ojera, el moflete, la barbilla.

Entonces sí. Entonces me metía las verjas por los miembros.

Si había cojido la libreta. O mejor, si cogía el billete de tren y le escribía cinco frases para guardarlas en el bolsillo trasero del pantalón el resto de la noche. Si llegaba y me sentaba en la barra. Y contemplaba ojos de una belleza feroz. Si los ojos me invitaban a una cerveza. Si, rato después, el local se llenaba, y yo tenía la certeza de ser anterior a todo, inmanente. Si las camisetas entraban el aroma de aquel cruce, entre la carretera y la playa. Si ponía por casualidad mis labios encima de otros, y estaban a mi misma temperatura, con los pliegues secos.

Si un foco me alumbraba las pupilas y, además, el iris. Si el camino de vuelta era tranquilo y luego las sábanas estaban limpias. Y el billete de tren, caliente y abombado.

Irrumpía la verja negro pálido a través de mi piel, apartando los tendones, bien fuerte, salpicando sangre y linfa, sorteando los huesos bruscamente, ascendiendo hasta chocar con el más duro. Y me esparcía sus caminos.

Si las verjas me embargaban era, sin duda, porque el asesino me acechaba.

Acerca de I.


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