Brebaje del asesino

No hay duda: es él. Inaugura el agua inclinándose hacia el puchero y observa su altivo reflejo.

Galopa el asesino y el asfalto se resiente de su paso, y las fachadas lo devuelven y sin embargo, no huye su objetivo.

Divisa el cuello y la mandíbula, paradigmas exactos de su sed, hemisferio reinante en su frente y en su vientre. Separa los miembros mencionados del resto, deja el resto para atropellar.

Cuello y quijada se sumergen y congregan. Los puntos reflejos en el asesino se diluyen.

La potestad. El objetivo es sencillo: embaucador asesino capacitado para la empatía. Mejor al mediodía, en aquel parque. Al sol conjugado con las sombritas de las hojas aleteando. Solo precisa ese gesto: el mirar hacia arriba y el transmigrar la acción propia a la mirada del otro. La mirada del asesino. A su merced.

Esos gestos, a la olla. Y su regia satisfacción, difuminada. Atrás, un ser vagando sin voluntad.

El agua ya hierve y toma un cierto tono cálido que la enturbia. Él asoma otra vez su rostro, pero no ve su imagen, sino burbujas de deseo y sumisión.

Calibra en el portal, detenido por un momento. Se afila el bigote. Lo tiene: un juez, un cerebro bien armado. Un falso confidente con el que acallar sus malos sentimientos. En femenino, para menor delación. Complicada tarea.

La antigua biblioteca, a las ocho de la tarde. Rescata un gesto cansado que se levanta tras el libro, un gesto hastiado del papel, e indolente hacia la marea de movimientos automáticos que se le asignan hasta la cena. Nuestro asesino pasa a la acción. Ahoga su cerebro en un poco de cerveza, cree que no le irá mal. Tiene la certeza de estimularlo con unas palabras, de acrecentar su implicación con unos guiños y unas caladas. Quizá sea la parquedad su arma más atroz.

La disección no se complica, con un corte transversal lo extrae sin dificultad y sin exceso de humores. Lo añade a su brebaje, que emana inesperadamente un humillo veloz y colorido. Se aminora el bienestar del asesino, en pequeñas porciones.

El cadáver descerebrado sirve de alimento a las alimañas del patio de luces.

El asesino ronda el puchero con una imagen algo desenfocada de sí mismo, en algunas partes. Da vueltas sobre sí mismo, merodea en el salón.

Visualiza la convención de esos tres elementos, medita sobre los huecos que han dejado en él.

Ya no puede dudarlo. Se despoja de sus zapatos, introduce primero una pierna, y después la otra. Entonces se agacha, con la mirada fija en la disolución. El paso al otro mundo es repentino.

Acerca de I.


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