Desde el final de la calle, en lo alto, se veía incluso el mar. En las aceras había coches viejos y furgonetas blancas. Mi hermano hacía carrera en el interior. Yo tenía el deseo de salir. Pero de allí no se podía salir, según se me había advertido.
Una verja de madera clara, sin barnizar, nos separaba del peligro. Conseguí atravesarla y recorrer el pequeño tramo alambrado de la entrada. Después, el camino se perdía entre parcelas separadas por paredes de ramas aglomeradas y pequeños huertos. El paisaje cobraba un tono dorado y colorido cuya calidez no podía ser ignorada. Incluso los insectos parecían dulces a la luz de aquel sol de tarde, al otro lado. Sin embargo, yo no tenía un plan ni un camino que seguir una vez en Brasil. Volví para trazarlo.
Al saltar de nuevo la verja, los negros que trabajaban en nuestra finca, gris, me miraban recelosos.
Volví hacia el bar. Subí a la habitación. Encendí el ordenador y con un zumo, conversé para distraerme.
Por la noche, Bianca y yo, desde el colchón del suelo, oimos ruidos afuera. El viento era muy fuerte. Mientras una dormía, la otra se había levantado a mirar, cada una encontraba movidos los colchones y las sábanas en el suelo. Cuando yo dormía, soñaba con botellas rotas en la calle, con mafiosos en salones recreativos. Con la vista desde el final de la calle, desde donde creía poder bajar rodando. Soñaba con Brasil, con Bianca y con la luz dorada en mi piel y en mis ojos.
El capo del clan ponía toda su confianza en mí, bajo amenaza de pegarme un tiro en la nuca. Yo le defraudaba, despertaba y detrás de la verja ya no estaba Brasil, sino Bellamar. Y a este lado no quedaba un temible Ciento de Sutpen, sino mi casa, sin nada que temer, ni que desear.
18 de abril de 2005
Cocteau Twins, Throughout the Dark Months of April and May: