Archivo de la categoría: Asesinos

Conversación con un asesino.

B: ¿Por qué mata usted?

A: Bien, acabamos de conocernos, pero podré contestar a esa pregunta. Hágame otra o présteme su cerebro mientras cuaja.

B: ¿Le gustaría viajar de nuevo?

A: Desde luego, me iría ahora mismo hasta la cocina, si tuviera patas. Allí plantaría unas violetas.

B: ¿Cuántos años más piensa estar aquí? Se lo pregunto porque parece que la cosa está en sus manos. Le reducen las condenas por buena conducta pero luego usted mismo provoca un nuevo aplazamiento.

A: Ah, no. Mire, esto es un jueguecito que nos llevamos la jueza y yo. No lo entendería. De todas maneras, en breve saldré. Pero volveré, esta es mi casa.

B: ¿Ha trabajado alguna vez?

A: Sí, trabajé en el mercado de mi barrio, me pagaban una basura por aguantar a cadáveres reticentes, carnosos, que se resistían a morir de una vez. Pronto decidí darles el empujón… Pero la parada cerró al quedarse sin clientela y me vi en la calle.

B: ¿Por qué mata usted?

A: Mire, yo soy un cobarde, no puedo suicidarme, soy incapaz, me aterroriza. Hay momentos en que la vida se pone transparente y dice “o tú o el otro”. Y siempre es el otro. Básicamente por lo que le he dicho, por cobardía.

B: ¿No encuentra obstáculos morales en estos dilemas?

A: La moral fue una de mis primeras víctimas. Era ella o yo. Imposible convivir.

B: ¿Encuentra algún tipo de placer en los asesinatos?

A: Por supuesto, no lo hago porque sea una misión ni nada parecido. No soy ningún elegido, sólo me apetece hacerlo, por pequeñas trifulcas y encontronazos, por incompatibilidades, y no encuentro razones que me lo impidan… más bien al contrario. El cargarse a alguien es algo misterioso. A veces me dejo envolver de un aura de pasado, y recuerdo los ensayos de DeQuincey, o las reconstrucciones que pronuncia Doyle en boca de Sherlock Holmes… imagino que hay niebla y que la calle está adoquinada. Incluso me pongo levita. Es algo maravilloso.

B: A mucha gente le cuesta imaginar que pueda gustar el hecho de desmembrar a alguien, de ver el cuerpo por dentro. ¿A usted le agrada?

A: Este es quizá el hecho más curioso de todo el acto de asesinar. Es una conjunción de lo sucio y lo extremadamente limpio. Imagine: ¿qué limpieza puede resultar más extrema que la de limpiar a un cuerpo de toda vida que exista en él? Por supuesto que es una marranada; toda la sangre, las vísceras, los sesos, etcétera. Quizá ni se lo imagine, porque una cosa es ver a un cerdo partido en dos, y otra muy distinta es ver algo de su misma especie en esa situación. Pero es justo esa mezcla lo que me atrae. Es como cuando uno se pone hasta arriba de mierda para limpiar la casa a fondo. Sí, eso está bien, es así.

B: ¿Cree usted que es distinto matar a grupos enteros de personas por causas ideológicas que matarlos uno a uno por inspiraciones nihilistas?

A: Si me está preguntando si Manson, Henry Lee o yo somos como Hitler o como soldados americanos en Vietnam… no sabría qué decirle. La gente no suele considerarnos como tales. Es más, los que los rechazan a ellos suelen sentir una cierta atracción por nuestros actos. Yo decido, y yo hago. Para mí podría ser lo mismo, el hecho de quitar la vida a alguien siempre consiste en lo mismo, lo haga quien lo haga, cómo y por qué. Ahora bien, nos envuelve ese halo de enfermedad, de lado oscuro de la mente… eso parece justificarnos ante los ojos del espectador. Pero ya le digo, un pensamiento puede hacer sombra en muchos cerebros a la vez, y eso parece no resultar ya tan atractivo. Yo no lo sé, no soy ningún teórico.

B: Entonces ¿coincide en que es usted algo nihilista al cometer estos actos?

A: Como le he dicho, matar es siempre matar, y realmente se puede hallar un cierto placer en ello. Pero es algo que evoluciona, el hombre se acostumbra a todo. Yo al principio necesitaba hacerlo porque los conflictos sociales de mi entorno me resultaban insoportables. Por algún acto o alguna actitud en concreto, una persona me molestaba muchísimo, no podía ni respirar su mismo aire, era incapaz de aceptarla. Entonces el acto de eliminarla no me resultaba agradable, pero aceptaba ese asco como culminación de la enemistad. Luego la cosa fue cambiando.

B: ¿Tuvo usted una infancia complicada?

A: Sí, en la medida en que había un montón de cadáveres insistiendo en hacerse los vivos y en interaccionar conmigo. Y yo no tenía ninguna fuerza sobre aquello, estaba indefenso.


Brebaje del asesino

No hay duda: es él. Inaugura el agua inclinándose hacia el puchero y observa su altivo reflejo.

Galopa el asesino y el asfalto se resiente de su paso, y las fachadas lo devuelven y sin embargo, no huye su objetivo.

Divisa el cuello y la mandíbula, paradigmas exactos de su sed, hemisferio reinante en su frente y en su vientre. Separa los miembros mencionados del resto, deja el resto para atropellar.

Cuello y quijada se sumergen y congregan. Los puntos reflejos en el asesino se diluyen.

La potestad. El objetivo es sencillo: embaucador asesino capacitado para la empatía. Mejor al mediodía, en aquel parque. Al sol conjugado con las sombritas de las hojas aleteando. Solo precisa ese gesto: el mirar hacia arriba y el transmigrar la acción propia a la mirada del otro. La mirada del asesino. A su merced.

Esos gestos, a la olla. Y su regia satisfacción, difuminada. Atrás, un ser vagando sin voluntad.

El agua ya hierve y toma un cierto tono cálido que la enturbia. Él asoma otra vez su rostro, pero no ve su imagen, sino burbujas de deseo y sumisión.

Calibra en el portal, detenido por un momento. Se afila el bigote. Lo tiene: un juez, un cerebro bien armado. Un falso confidente con el que acallar sus malos sentimientos. En femenino, para menor delación. Complicada tarea.

La antigua biblioteca, a las ocho de la tarde. Rescata un gesto cansado que se levanta tras el libro, un gesto hastiado del papel, e indolente hacia la marea de movimientos automáticos que se le asignan hasta la cena. Nuestro asesino pasa a la acción. Ahoga su cerebro en un poco de cerveza, cree que no le irá mal. Tiene la certeza de estimularlo con unas palabras, de acrecentar su implicación con unos guiños y unas caladas. Quizá sea la parquedad su arma más atroz.

La disección no se complica, con un corte transversal lo extrae sin dificultad y sin exceso de humores. Lo añade a su brebaje, que emana inesperadamente un humillo veloz y colorido. Se aminora el bienestar del asesino, en pequeñas porciones.

El cadáver descerebrado sirve de alimento a las alimañas del patio de luces.

El asesino ronda el puchero con una imagen algo desenfocada de sí mismo, en algunas partes. Da vueltas sobre sí mismo, merodea en el salón.

Visualiza la convención de esos tres elementos, medita sobre los huecos que han dejado en él.

Ya no puede dudarlo. Se despoja de sus zapatos, introduce primero una pierna, y después la otra. Entonces se agacha, con la mirada fija en la disolución. El paso al otro mundo es repentino.


O.

Ahí abajo, en el patio, alguien ha dejado una silla blanca. La oscuridad no permite distinguir si está ocupada. Agarro una de las barras del balcón y me acerco a ellas. Un tragaluz en el suelo del patio emite una luz débil. No es suficiente. Pienso en la tubería otra vez. En el retumbar de su caudal ennegrecido.

Las noches que ha acabado por entrar y se ha colado bajo la almohada mientras dormía. Levantando mi barbilla, ocultándose entre las plumas, entre el olvido. Colocándome la mano entre las suyas. O., omnipresente.

Apretaba mis pestañas y las manchaba del residuo. La mácula en la mañana, ostensible, O.

Me doy la vuelta, veo mis cosas a través del cristal. Parece que O. no está en ellas. Parece… que todo me pertenece, la lámpara encendida, los papeles con mi letra, los restos de la cena. Parece que alguien habita.

Quizá O. está subiendo… ya no pienso en la tubería. Me parece que arriba del respaldo se alumbra el borde de una cabellera. No la pienso, la oigo. Mis pupilas retroceden obstinadas, repentina visibilidad en lo oscuro. No hay nadie. Ostenta su blanco la silla del patio, desborda presencia.

Me obstina el tintineo grave, otra vez. Observo desde fuera el reloj. Obvio que está ahí cuando me vuelvo. Pero es tarde y me doy al reposo. Me sumerjo en la cama, apago la luz. Quedo a la espera. Dormiré. No opongo resistencia, sé que ha subido con su tubería, que la está tallando. Sierra mis pupilas. Olor a moho. Oh sí, O. me ofrece su chorro turbulento de pantanos, este fluido que brota imparable, odios en la oreja.

O.

Eres mi órbita.


Aserciones del asesinado

Flacos filetes en el fluído flotando…

Aserción 1: Estamos solos.

Respondo: Apenas hablo en plural.

Melodía maléfica de la multitud pulmonar…

Aserción 2: Estamos cruzando un límite.

Respondo: Curioso. Encerrados y a la deriva.

El nombre encumbra al hombre y su sombra tiene hambre…

Aserción 3: Estamos caminando hacia donde ya estamos, o hacia el lugar del que ya nos íbamos.

Respondo: Yo anhelo mi nombre, pero la carne lo esconde.

Dados dormidos entre dedos de desastre… Una duda.

Aserción 4: Llegaremos tarde.

Respondo: Mi tiempo ha cambiado ¿cómo puedo llamarte?

Llamarada de llagas llenas de llanto…

Aserción 5: Sólo lo que no es, es posible (Blixa dixit)

Respondo: Ojalá entonces, no sea todo, todavía.

Palmas partiendo con premura, palpitándome lejos… Un piano.


Invocación del asesino

Debo decir deseo. Con tanta ropa y tan cierto. Y, sin embargo, luchando por aparecer. Ensombrecido a la intemperie, en este mediodía. Deseo y escalera. Y sin embargo ausente. Subiendo la escalera, bajo el cielo. Oscuridad absoluta. ¿Debo decir deseo?

Se dirige, con su montón de ropa, cierta, hacia su sombra, bella. Se dirige anhelante, se le escapa la risa. Y sin embargo, ausente. Cierto y encajado. Podría no decirlo, deseo. Porque sé que pronto, veré cómo desciende. La escalera. El descenso de la sobremesa. Un escalón, casi dos. Persigue la sombra, vana. Trata de encajarse pero la sombra le resulta huidiza y traspasa los relieves como si le fueran fútiles, como si no fuera cierta, su ropa, su gravidez. Y sin embargo miente.

Veremos cómo cae. Hacia abajo, como una indicación cómplice, una advertencia. Como las otras.

No debo decirlo, lo sé.

En apariencia inesperado, en su cúspide, surge delante. Demasiado cerca y titubeando. Desgarradamente cerca. Todo tal y como lo esperaba. Lo asesina. Y se vuelve presente.

No debía decir deseo. Lo sabía.


La verja y el asesino

Si tocaba la verja, color negro pálido, y estaba templada, los caminos parecían avanzar solos hacia adentro. Negros, rugosos y sembrados de partículas brillantes. Lo malo es que no me daba cuenta.

Si había un gato y me observaba quieto. Si se encendían las farolas mientras aspiraba los primeros calores. Si quedaban muchas horas para volver a casa y atardecía y la calle, además, estaba vacía. Si era joven y estaba un poco ebria. Si las verjas avanzaban hacia adentro. Sí, parecía vivir un poco.

Si escapaba una nota de la ventana más alta, en el ángulo más complejo, y proyectaba una luz en la fachada de enfrente. Si el ruido de los motores en la carretera se mezclaba con el rumor de las olas, a la misma distancia. Si estaba en medio, caminando sin prisa, por caminar. Si alguien me recordaba en aquel momento, de la noche anterior. Me introducía las verjas bien adentro.

Si me fumaba un cigarrillo, en mi boca virgen de humo, y su regusto de lejanía me detenía en el presente. Si me asaltaba un recuerdo, nimio y triste, y me brotaba una lágrima y si encima en aquel momento, venía una brisa soplándome desde el oeste y refrescaba su trayecto húmedo, la ojera, el moflete, la barbilla.

Entonces sí. Entonces me metía las verjas por los miembros.

Si había cojido la libreta. O mejor, si cogía el billete de tren y le escribía cinco frases para guardarlas en el bolsillo trasero del pantalón el resto de la noche. Si llegaba y me sentaba en la barra. Y contemplaba ojos de una belleza feroz. Si los ojos me invitaban a una cerveza. Si, rato después, el local se llenaba, y yo tenía la certeza de ser anterior a todo, inmanente. Si las camisetas entraban el aroma de aquel cruce, entre la carretera y la playa. Si ponía por casualidad mis labios encima de otros, y estaban a mi misma temperatura, con los pliegues secos.

Si un foco me alumbraba las pupilas y, además, el iris. Si el camino de vuelta era tranquilo y luego las sábanas estaban limpias. Y el billete de tren, caliente y abombado.

Irrumpía la verja negro pálido a través de mi piel, apartando los tendones, bien fuerte, salpicando sangre y linfa, sorteando los huesos bruscamente, ascendiendo hasta chocar con el más duro. Y me esparcía sus caminos.

Si las verjas me embargaban era, sin duda, porque el asesino me acechaba.


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